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La señorita Wilkinson


Mientras a su alrededor se lucha por lo más básico, mientras los hombres renuncian a un sueldo mínimo para mantener su dignidad y los pocos derechos que les quedan, la señorita Wilkinson enseña a bailar a las hijas de esos hombres.

Mientras la mayoría del pueblo solo vive con el fantasma del inminente cierre de las minas. Contra él luchan, por él llevan en huelga más tiempo del que pueden soportar, para olvidarlo se emborrachan juntos y con el fin de esta “guerra” sueñan todos.

Y en medio de todo este ambiente opresivo, centrado en algo tan concreto, la señorita Wilkinson intenta encontrar la belleza, transmitir a sus alumnas la pasión y el sentimiento del baile. Podríamos y casi querríamos imaginarla como un rayo de sol entre tanta oscuridad, como un ángel benefactor llegado del cielo para dar una esperanza al pueblo. Pero Billy Elliot es una historia de realidades. Y la realidad es cruda, sus alumnas crecen en un ambiente que no es el más propicio para sentir un interés real por el ballet (ni por nada), sus padres difícilmente pueden seguir pagando sus clases de los sábados y hay poca gente con la que hablar de algo que no sea la mina si exceptuamos al magistral compañero de fatigas Mr. Braithwaite.

La señorita Wilkinson querría haber sido una estrella del baile, brillar en los escenarios de todo el mundo, sentirse admirada por los espectadores más refinados. Pero está en una academia de pueblo luchando a diario por sacar de sus alumnas algo más que una queja y un paso mal ejecutado. Y esa inevitable amargura es la que podemos ver en cada calada a sus inseparables cigarrillos, en el tono de cada orden que le da a su hija, en la que no puede sino ver un reflejo de sí misma, de la mujer que podría llegar a ser y nunca será por haber nacido en el momento y en el sitio equivocado.

Pero entonces llega Billy, que dice alto y claro que el ballet es una mierda. Que se une de mala gana a una clase pero la hace volar en cuanto comienza a enlazar vueltas. Y bajo tanto sarcasmo y frustración se despierta algo, y es cuando realmente sí se transforma en ese ángel salvador que aunque no va de blanco ni abandona su cinismo, es capaz de volcarse en Billy y en poner todo su empeño para sacarlo de allí y conducirle al lugar en el que merece estar. Y convierte a Billy en el sentido de su vida, en su misión. Billy salva a la señorita Wilkinson de esa basura dándole esperanza.

Es en ese momento cuando nos enamoramos de la señorita Wilkinson.

Gracias, señorita Wilkinson’

‘No, Billy, gracias a ti’

 

 

La señorita Wilkinson
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